La psicoterapia infantil ayuda a tratar los problemas psicológicos, emocionales, conductuales y del neurodesarrollo de los más pequeños para mejorar su bienestar y salud mental y prevenir la trastornos psicológicos en la etapa adulta.
Desde la neuropsicología, sabemos que el comportamiento está profundamente influenciado por el desarrollo del cerebro, especialmente por las funciones ejecutivas que se alojan en la corteza prefrontal. Estas funciones incluyen la capacidad de planificar, controlar impulsos, regular emociones, tomar decisiones y adaptarse a normas sociales. En muchos niños con conductas disruptivas, estas funciones aún están en desarrollo o presentan dificultades, lo que hace que les cueste manejar la frustración, esperar turnos, seguir instrucciones o expresar lo que sienten con palabras. Además, si el niño ha vivido experiencias de estrés crónico, inseguridad emocional o falta de contención, su sistema nervioso puede estar en un estado de alerta constante, reaccionando con agresividad o evitación ante situaciones que percibe como amenazantes, aunque no lo sean objetivamente.
La psicoterapia positiva, en este contexto, ofrece un enfoque transformador. En lugar de centrarse únicamente en corregir la conducta, busca comprender qué hay detrás de ella y fortalecer los recursos internos del niño. Se parte de la premisa de que todo comportamiento tiene una función, y que incluso las conductas más difíciles pueden ser una forma de pedir ayuda, atención o conexión. A través del juego terapéutico, la expresión emocional guiada y el trabajo con fortalezas, el niño comienza a sentirse visto, comprendido y valorado, lo que reduce la necesidad de actuar de forma disruptiva para ser escuchado.
El abordaje neuropsicológico complementa este proceso al identificar con precisión qué funciones cognitivas necesitan ser estimuladas. Por ejemplo, si el niño tiene dificultades para inhibir impulsos, se pueden diseñar actividades específicas para fortalecer el autocontrol. Si le cuesta cambiar de una tarea a otra o adaptarse a nuevas reglas, se trabaja en la flexibilidad cognitiva. Además, se enseña al niño a reconocer sus emociones, a nombrarlas y a encontrar formas más saludables de expresarlas, lo que mejora su autorregulación y su capacidad para relacionarse con los demás.
Este enfoque también incluye el acompañamiento a padres y docentes, quienes aprenden a interpretar las conductas del niño desde una mirada más comprensiva y a establecer límites claros pero afectuosos. Se promueve un entorno predecible, seguro y estimulante, donde el niño pueda desarrollar su potencial sin sentirse constantemente juzgado o castigado.
Cuando se interviene desde la psicoterapia positiva y la neuropsicología, el niño no solo mejora su conducta, sino que también experimenta un cambio profundo en su bienestar emocional. Aprende a confiar en sí mismo, a sentirse capaz de manejar sus emociones y a construir relaciones más sanas. Deja de ser visto como “el niño problema” y empieza a descubrirse como alguien valioso, con fortalezas únicas y con la capacidad de crecer, aprender y florecer.
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Jorge Carrion